Un año de papel maché: cómo han cambiado mis piezas
El 25 de abril del año pasado hice mis primeras piezas de papel maché, ha pasado el tiempo volando.
Los primeros cuencos los conservo en casa como si fueran joyas. Los miro ahora y veo piezas más intuitivas que pensadas. Me quedaban super finos y estaban blandos porque les echaba poco adhesivo, y al apretarlas se deformaban un poco. Para poder usarlos, con el tiempo, acabé haciéndoles una capa exterior para aumentar el grosor, pero en otro color para que se diferencie de la capa original.
La evolución no tardó en llegar. Después de perder una apuesta con un amigo que me dijo que podía romper un cuenco con las manos (y lo rompió), trabajé para mejorar la técnica hasta conseguir un producto resistente, que no se deforma ni con golpes.
Esos juegos con el material y todos los errores han sido fundamentales para llegar a la calidad que tienen los productos a día de hoy.


En los talleres os insisto mucho con los 5mm de grosor, en que lo mantengáis hasta el borde, a veces incluso os hago repetir desde el principio o hacer más cantidad de masa, pero os aseguro que es necesario para poder usarlo y que no se rompa.
El papel maché es una técnica muy agradecida, el tiempo y la calma que le dedicas se reflejan en el resultado final. He aprendido, sobre todo, a respetar sus tiempos, tanto en el proceso creativo como en el secado, a esperar y a entender.
Un año después, sigo descubriendo algo nuevo del material o de la técnica cada día.